Cambio social y multiculturalidad

Dra. Claudia Morales Ramírez

 

 

En 1998, Wallerstein, propuso como retos de las Ciencias sociales, entre otros, ampliar su capacidad de observación y resolver el tema de que las mujeres han sido ignoradas como sujetos del desarrollo humano. Ambos retos –además de vigentes- son resultado de una visión determinista de la idea de desarrollo, que se instaló desde los argumentos de la ciencia disciplinaria, diría Fornet-Betancourt (2004).

El primer tema lo argumenta desde la idea de Illia Prigogine, quien señaló que la actividad creativa e innovadora, no es ajena a la naturaleza; en un esfuerzo por reunir a la ciencia social con la ciencia natural, con el fundamento de que la naturaleza puede ser vista como un proceso de creatividad e innovación. En el segundo caso, señalando que las feministas no están retando a las ciencias sociales, sino que las han estado utilizando, afirmando implícitamente, que los científicos sociales no han respetado las reglas que establecieron para la práctica de dichas ciencias (Harding, 2021).

Y ambos temas son también clave para entender cómo hemos diseñado los esquemas y modelos de desarrollo local.

Ponemos un ejemplo: el mayor porcentaje de propiedad de la tierra está en manos de hombres, aunque el trabajo agrícola, por la cantidad de horas que se destinan a él, es realizado por mujeres,quienes participan en porcentajes de hasta el 60%, en el desarrollo de las actividades que compone todo el proceso de producción agrícola. La cosecha, la conservación, la preservación de semillas, entre otros.

La multiculturalidad se refiere pues a la variabilidad construida por comunidades que comparten características, procesos, significados y valoraciones, pero también a los productos y herramientas que, en conjunto, determinan cursos de acción para el desarrollo de la vida cotidiana y la resolución de retos y problemas. Por supuesto, esta diversidad cultural no anula, ni tendría que ser contrapuesta con la diversidad natural; México es un país mega-diversos[1] no sólo por la riqueza natural sino también por la riqueza cultural. La riqueza natural sólo es descriptible por las culturas, y estas todas (hasta hoy) son humanas. Entonces, un primer dato es que la diversidad que nos caracteriza tiene sentido por la diversidad cultural que portan las personas, porque es a través de sus actuaciones que son observables. 

Y a eso nos convoca Wallerstein (1998), a observar lo que ha estado ahí, en cada sitio en donde se ubica una comunidad humana. De manera que observemos a las personas, sus actividades, creencias, ideas, sentimientos y productos, en tanto, tendrían que ser –intrínsecamente– un referente de las consideraciones y componentes en los modelos de desarrollo.

Actualmente se habla de los procesos de globalización, del impacto de las nuevas tecnologías, de grandes procesos de migración y de una “creciente” multiculturalidad, pero estas se plantean en muchos ámbitos, como tema ajeno a los propios individuos, de hecho las personas mismas son vistas, en un sinnúmero de casos, como un problema. Recurrentemente se percibe a la diversidad como dificultad, como una limitante y no como una posibilidad de desarrollo que puede contribuir a potenciar soluciones creativas a diferentes problemas.

Así, las culturas (los portadores de las culturas) que han generado un conjunto de procesos y dinámicas, de tecnologías sociales que les permite a los integrantes de cada comunidad, enfrentar los problemas y retos de la vida desde interpretaciones que se nutren de significados compartidos.

No solo es el uso de productos tecnológicos, sino cómo se desarrollan los procesos y el conjunto de recursos disponibles en un entorno determinado para enfrentar un problema.

Es de reconocer que la multiculturalidad, es la traducción que hacen los portadores de las realidades, y es en ella que podemos encontrar una fuente inagotable de opciones para desarrollar nuevas formas de resolver los retos de la vida contemporánea, de creatividad e innovación. Retomamos el concepto de actante, propuesto por la sociología simétrica (o de las traducciones) para señalar que la propia cultura es un actante que interviene activamente en la conformación de visiones y acciones que nutren las formas y contenidos que adquieren los modelos de cambio social y desarrollo.

Esta afirmación no es nueva, los clásicos estaban conscientes de que la conducta humana no depende del cálculo económico, sino de los hábitos y aun de las emociones y que muchas veces las metas humanas no son materiales. Debido a lo cual, se vuelve determinante, identificar los elementos presentes (sociales y naturales) en cada contexto; para descifrar el contexto. 

Reconociendo que la cultura es importante en la formación de identidades individuales y colectivas, metas, preferencias, en general modos y estilos de vida. Y, en continuación de este reconocimiento, el cambio social, y la economía misma, es y/o puede ser modelada por las culturas y las identidades.

No podemos dejar de considerar que la ausencia de este reconocimiento, ha ocasionado un exceso de falsas simetricidades entre lo social, lo cultural, lo político y lo económico, dado que en muchos ámbitos son vistos como iguales o equiparables analíticamente, lo que ha contribuido a posicionar al mercado como juez y parte, dentro y fuera de las instituciones, en tanto condiciona sus actuaciones pero también les demanda y llega al extremo de sancionar el valor mismo de la diversidad, desde una lógica de racionalismo excesivo.

Esto ha ocasionado que las dinámicas culturales, en sus significados y sentidos, hayan sido percibidas con estatus psicológico de fines, cuando se trata de instrumentos para procesar soluciones, ocasionando que se impulsen propuestas y procesos como neutrales, y con ello ajenos a sensaciones, interpretaciones o producto de las visiones de dichas culturas.

Hoy, podemos afirmar que la cultura ha pasado a ser el último aspecto inexplorado, de los esfuerzos que se despliegan a nivel

internacional, para fomentar el desarrollo económico, para subrayar que este reexamen es un campo con basto potencial, con múltiples aspectos en la cultura de cada pueblo que puede favorecer el cambio para generar modelos de desarrollo político, económico y social, y que es preciso descubrirlos, potenciarlos y apoyarlos, y hacer esto con seriedad significa replantear la agenda del desarrollo de manera que a la postre resultará más eficaz, porque tomará en cuenta potencialidades de la realidad que son de su esencia y, que hasta ahora, han sido generalmente ignorados.

De manera que la multiculturalidad, como potencialidades de cambio, implica una reasignación de valores no sólo a las culturas como tales, sino al reconocimiento de las mismas primero y, en segundo lugar, a la revaloración de componentes, que les son intrínsecos, a sus tecnologías.

Ello no justifica los temas que ubican en un conjunto de prácticas de inequidad, de maltrato o de franca oposición a la mejora de las condiciones de algunos de sus integrantes, pero también es cierto que, las propias culturas retoman aspectos de otras, que no se trata de monolitos y que a su interior existe, en congruencia con esto, un dinamismo que permite a los portadores la puesta en juego de sus interpretaciones, de manera que sus propias actuaciones les permiten, culturalmente, seleccionar alternativas y también nuevas identificaciones. En contextos de mayor intercambio sin duda las propias visiones se reacomodarán, a través de sus propias traducciones.

El reconocimiento de las culturas y con ello de la multiculturalidad como componente clave de los modelos de desarrollo social, se dirige a la idea de una sociedad en donde los diferentes recursos pueden aprovecharse para nutrir las capacidades de respuesta que garanticen una vida asociada más productiva.

Como lo señala Morin (2021), si sabemos comprender antes de condenar estaremos en la vía de la humanización de las relaciones humanas, y conviene volver a insistir en un detalle, que no por obvio debe omitirse; la multiculturalidad y con ello, la relación entre culturas, es fundamentalmente la relación entre personas, de manera que la construcción de objetivos comunes, objetivos de desarrollo social y comunitario, más allá de su definición debería entenderse como las actuaciones deliberadas, conscientes de las personas para generar espacios y tiempos para el intercambio, el conocimiento y la corrección mutua, no para homogenizar sino para reconocerse diferentes y desde esa diferencia intercambiar opiniones, soluciones, ideas y por supuesto prácticas. Implica no desdibujar al otro, y significa que, en múltiples circunstancias, nosotros somos los otros.

 

En palabras de Tedesco (1995): El desafío… implica desarrollar la capacidad de construir una identidad compleja, una identidad que contenga la pertenencia a múltiples ámbitos: local, nacional e internacional, político, religioso, artístico, económico, familiar, etc. Lo propio de la ciudadanía moderna es, precisamente, la pluralidad de ámbitos de desempeño y la construcción de la identidad a partir precisamente de esta pluralidad y no de un sólo eje dominante y excluyente. (p. 127)

Referencias

Fornet-Betancourt, R. (2004b). “Ciencia, tecnología y política en la filosofía de Raimon Panikkar”. En La filosofía intercultural de Raimon Panikkar, pp. 119-132. Pórtic.

Harding, S. G. (2021). Ciencia y feminismo. Ediciones Morata S. L. (3ª. Reimpresión)

Moran, E. (2021). Los siete saberes necesarios para la educación del futuro. UNESCO

Tedesco, J. C. (2003). La educación en el marco del nuevo capitalismo. Revista IIDH, (36), 131-147. Instituto Interamericano de Derechos Humanos

Wallerstein, I. (1998). Impensar las ciencia sociales. Siglo XXI Editores.

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