Transformando ciudades: lo que la urbanización hace al mundo alado

Dr. Carlos A. Chávez Zichinelli

 

Vivimos en un planeta cada vez más modificado por la acción humana. Alrededor del 15 % al 25 % de la superficie terrestre 

ya ha sido alterada por algún tipo de perturbación antropogénica. Esto incluye todo, desde la deforestación hasta la expansión  urbana. En ese suelo modificado por nosotros, muchas áreas ya están cubiertas por ciudades, y la urbanización sigue creciendo. Este fenómeno está asociado no sólo al crecimiento económico y demográfico, sino también a la migración de personas del medio rural hacia los centros urbanos. Se estima que en los próximos 30 años más de la mitad de la población mundial vivirá en ciudades.

Cuando hablamos de urbanización, también hablamos de transformaciones profundas en los ecosistemas naturales. Alrededor de las urbes crecen las zonas ganaderas y agrícolas, los bosques se explotan, el hábitat silvestre se fragmenta o desaparece. Hasta ahora, sabemos poco sobre cómo la urbanización y el cambio de uso del suelo afectan a la fauna —no sólo en términos de cuántas especies hay, sino también en lo que sucede a individual, y al de las comunidades enteras. Esto es en parte porque la mayoría de los estudios se han concentrado en escalas pequeñas, en poblaciones particulares o zonas que aún están bastante bien conservadas.

Desde la perspectiva de la ecología de la conservación, la urbanización es una de las grandes amenazas. Cuando una ciudad se expande, fragmenta o destruye hábitats, la diversidad de especies tiende a disminuir. Y aunque en las ciudades la densidad de humanos sube, la diversidad de especies normalmente baja. De hecho, la urbanización se considera hoy una de las principales causas de extinción de especies. Pero el panorama no es sólo negativo: hay especies que logran adaptarse, sobrevivir y coexistir con nosotros.

Las aves son un excelente indicador para entender lo que ocurre en los ecosistemas urbanos. Para ellas, la ciudad significa un cambio radical: vegetación natural sustituida por concreto; superficies impermeables que modifican el agua; un microclima alterado (por ejemplo, el efecto de “isla de calor” urbana); más contaminación, más ruido, luz artificial nocturna; presencia constante de humanos; nuevos depredadores como gatos o perros; nuevas fuentes de alimento (a veces de baja calidad). Estos factores actúan solos o en conjunto como perturbaciones que generan estrés en los individuos: cambios en su conducta, en su ciclo de vida.

Un punto relevante: aunque algunas especies generalistas se adaptan o incluso prosperan en entornos urbanos —por ejemplo, aquellas con dieta variada, hábitats flexibles o tolerancia al humano— muchas otras, especialmente las que están especializadas en dieta, hábitat o zona de forrajeo, sufren pérdidas significativas. Por ejemplo, los insectívoros o aves que viven en sotobosque ven caer su abundancia en zonas urbanas. Además, la urbanización puede homogeneizar las comunidades (es decir, que haya muchas de las mismas especies “urbanas” por todas partes), lo cual reduce no sólo la cantidad de especies sino la variedad funcional de lo que las aves aportan: control de insectos, dispersión de semillas, polinización, etc.

Que las aves cambien su diversidad, conducta o fisiología en ciudades no es un problema solamente para ellas: es un reflejo de cómo los ecosistemas urbanos también están cambiando. Y al cambiar los ecosistemas, cambiamos los servicios que ellos nos dan: aire más limpio, control de plagas, bienestar humano, conexión con la naturaleza. Desde la ecología urbana, fijarnos en las aves nos ofrece una ventana clara a lo que está pasando en nuestras ciudades: cómo la biodiversidad se reduce, cómo los procesos ecológicos se alteran y cómo ciertas especies “ganadoras” dominan bajo el nuevo régimen humano.

En este contexto, también vale la pena recordar que las ciudades pueden transformarse en espacios más seguros y funcionales para la vida de las aves si adoptamos prácticas cotidianas sencillas. Iniciativas como las promovidas por Bird Friendly City muestran que acciones ciudadanas (reducir colisiones con ventanas mediante calcomanías o patrones visibles, mantener a los gatos domésticos dentro de casa, crear jardines con plantas nativas o apoyar la restauración de áreas verdes) pueden disminuir amenazas significativas y, al mismo tiempo, ofrecer alimento, refugio y mejores condiciones para muchas especies. La participación comunitaria, el monitoreo ciudadano y el apoyo a políticas de diseño urbano sensible a la biodiversidad multiplican estos efectos y permiten que más aves encuentren en nuestras ciudades un espacio habitable.

Avanzar hacia urbes verdaderamente amigables con las aves implica reconocer nuestro impacto, pero también nuestra capacidad de cambiarlo. Cada intervención (desde modificar una ventana hasta exigir corredores verdes y normativas de construcción más seguras) contribuye a que las ciudades funcionen como aliados de la conservación y no como su obstáculo. En un mundo cada vez más urbanizado, apostar por ambientes que permitan a las aves alimentarse, moverse y reproducirse no sólo protege su diversidad: también mejora la salud ecológica y social de los lugares que habitamos. Así, al cuidar de ellas, terminamos cuidando de nosotros mismos.

Transformando ciudades: lo que la urbanización hace al mundo alado