Dr: Benjamín Ortiz Espejel

El punto de partida es la crisis de la modernidad, y esta crisis desde mi punto de vista plantea cuatro facetas, cuatro caras. La primera es la crisis ecológica que estamos viviendo, escasez de agua, contaminación, erosión de suelos, la segunda crisis es la social, que es una crisis de la marginación social, y del desgarramiento del tejido social.
Pero existen otras dos crisis a las que tenemos que poner mucha atención y que son: la crisis epistemológica, es decir la crisis con relación a la generación de conocimientos, cómo se produce el conocimiento, ahí hay un punto crítico que pocas veces se menciona y que es un tema relevante para institutos de investigación, para colegios académicos, para centros de pensamiento. Tenemos que revisar nuestros fundamentos justamente epistemológicos para no estar cayendo, sin darnos cuenta y reproduciendo precisamente los mecanismos que han dado origen y siguen mantienen procesos de deterioro ecológico y social. Y tenemos una cuarta crisis, también muy importante, y se refiere a todo esto asociado a la crisis de la ética, que también es una crisis que está presente en nuestro tiempo. Una crisis donde hay una reconversión, una reconfiguración de valores donde lo económico y lo hedónico en una maquinaria de hiperconsumo, se anteponen a la vida y a la cohesión comunitaria, estos valores que la gente tiene hacia su tierra, este amor, esta convivencia que es fundamental para significar y dar sentido a nuestra presencia en esta tierra. Por ello es que estos valores no se deben y por el contrario fortalecer sus lazos a la luz de esta crisis ambiental, de esta crisis de la modernidad.
Por eso planteo que lo afectivo, lo epistémico, no debe de desligarse de toda la crisis ecológica y la crisis social, van unidas, van planteándose como un gran sistema complejo de contexto y de integración. Visibilizar esta perspectiva crítica de planteamientos resulta indispensable ya que, si no los hacemos así, estaremos contribuyendo a incrementar la crisis de la modernidad. Derivado de la situación anterior, debemos preguntarnos cómo podemos solucionar esta crisis, la crisis epistemológica.
Aquí debemos recordar los valiosos aportes de Enrique Leff que ha planteado desde hace ya algunos años. Estos importantes planteamientos de reflexión de ética y de epistemología ambiental desde la complejidad y de forma especial, en sus últimos planteamientos de reflexión desde la filosofía de Heidegger contrastándolos con el pensamiento ambiental contemporáneo. Son fundamentales también por supuesto los trabajos de Funtowicz y Ravetz de la ciencia posnormal, que siguen siendo significativos, más aún, con este concepto la ciudadanía adquiere un papel activo en el diseño de políticas públicas. Si a estos fermentos éticos y epistemológicos se les suman los aportes del Dr. Rolando García con el enfoque y planteamientos de los sistemas complejos y su relación con la interdisciplina propuesta por Rolando García, pues nos encontramos con un crisol de alternativas para esta crisis epistemológica. Son abonos teóricos, abonos de experiencias prácticas que nos están dando luz y esperanza para poder remontar esta crisis epistemológica.
No puedo dejar de mencionar que en este momento existen cientos y tal vez miles de experiencias sociales colectivas que día a día están trabajando para enfrentar y remontar esta crisis hacia sociedades sustentables. En este contexto, una reflexión de corte epistemológico, implica profundizar en la construcción de epistemologías desde la perspectiva de la biocultura, es decir desde la co-investigación participativa de los saberes locales desde sus habitantes, de sus territorios y no solamente una indagación de corte positivista, que por desgracia aún abundan. Esta perspectiva biocultural implica también una investigación sobre la defensa y las estrategias de defensa que hacen estos pueblos, campesinos originarios y pueblos originarios de sus territorios, vale la pena mencionar que el 52% de la superficie total de México es una superficie social, es decir de los huertos de traspatio, las milpas. Estos manejos agroecológicos ocupan más del 50% de la superficie agraria de nuestro país, lo cual no es nada desdeñable.
